Cómo mentorizar sin decidir por la otra persona

Cómo mentorizar sin decidir por la otra persona

Un colega más joven te pregunta si debería aceptar una nueva oferta de trabajo, pedir un cambio de equipo o hablar con su responsable. Has vivido situaciones parecidas, tienes más experiencia y enseguida se te ocurre una respuesta. Lo más fácil sería decirle qué hacer. Pero ahí una buena intención puede convertirse en un problema: la persona recibe una solución, pero no desarrolla su capacidad para tomar decisiones.

Mentorizar no significa evitar los consejos. Lo importante es saber cuándo compartir la propia experiencia, cuándo hacer preguntas y cuándo dejar conscientemente la decisión en manos de la otra persona. El objetivo no es que haga las cosas exactamente como tú, sino que aprenda a valorar mejor sus opciones.

Empieza por aclarar qué necesita de ti la otra persona

La pregunta «¿qué harías en mi lugar?» puede significar varias cosas. Alguien quizá quiera un consejo concreto; otra persona puede necesitar ordenar sus opciones, y alguien más tal vez solo busque confirmar una decisión que ya ha tomado internamente.

En lugar de responder de inmediato, puedes empezar con una breve comprobación:

  • ¿Quieres conocer mi opinión o prefieres revisar primero tus propias opciones?
  • ¿Qué es lo que más te cuesta de esta decisión?
  • ¿Qué opciones has considerado y entre cuáles estás dudando?

Estas preguntas ayudan a identificar si la persona necesita información, experiencia, comentarios o simplemente espacio para pensar.

Primera regla: Antes de proponer una solución, comprueba qué tipo de ayuda necesita realmente la persona a la que mentoriza.

Distingue entre consejo, experiencia y preguntas

Un mentor tiene más opciones que «aconsejar» o «no aconsejar». Ante un mismo problema, puede responder de distintas maneras según la situación.

Enfoque Cuándo puede ser útil Qué conviene tener en cuenta
Consejo directo Cuando la persona necesita un procedimiento o una información concretos Que el consejo no se convierta en una orden
Compartir una experiencia Cuando una situación parecida puede ampliar su perspectiva Que tu historia no parezca la única guía correcta
Hacer preguntas Cuando necesita reflexionar sobre sus propios motivos y opciones Que las preguntas no sean una forma encubierta de conducirla hacia tu respuesta
Proponer una pequeña prueba Cuando es posible probar una opción de forma segura antes de decidir Que quede claro qué se quiere averiguar con la prueba

Un buen mentor alterna entre estos enfoques. No necesita aplicar un único método universal a todas las personas y situaciones.

Al aconsejar, aclara qué es experiencia y qué es recomendación

Es fácil olvidar que muchas opiniones se basan en un entorno, unas personas y unas circunstancias concretas. Lo que te funcionó hace años o en otro equipo quizá no tenga el mismo resultado hoy.

Por eso conviene diferenciar entre una experiencia personal y una recomendación general. En vez de decir «haz esto», podrías decir: «En una situación parecida, opté por esto porque entonces necesitaba sobre todo estabilidad. En tu caso, quizá sea más importante tener oportunidades de crecimiento».

Así compartes una experiencia práctica y, al mismo tiempo, dejas espacio para reconocer que un mismo problema puede requerir respuestas distintas para cada persona.

Haz preguntas sin imponer tu propia solución

Una pregunta también puede ser manipuladora si, en realidad, ya contiene la respuesta que esperas. «¿No crees que sería más sensato quedarte?» no es una pregunta muy abierta. La otra persona enseguida entiende qué quieres que responda.

Resultan más útiles las preguntas que amplían la reflexión:

  • ¿Qué quieres conseguir con esta decisión?
  • ¿Qué pasaría si mantuvieras la opción actual durante un año más?
  • ¿Qué nivel de riesgo te parece aceptable y cuál no?
  • ¿Qué información te falta todavía?
  • ¿Qué le recomendarías a un colega en la misma situación?

Estas preguntas no sustituyen la decisión. Solo ayudan a crear una base mejor para que la persona pueda tomarla por sí misma.

La diferencia clave: Una pregunta debe abrir la reflexión, no llevar discretamente a la persona hacia la decisión que tú ya prefieres.

No midas el éxito de la mentoría por la obediencia

Un mentor puede sentir que han ignorado su consejo. La otra persona hace lo contrario de lo que propusiste y el resultado puede parecer una pérdida de tiempo. Es precisamente entonces cuando se ve si la relación se basa en desarrollar autonomía o en esperar obediencia.

Si la otra persona elige un camino distinto, puedes preguntarle:

  • ¿Qué hizo que te inclinaras por esta opción?
  • ¿Qué riesgos tienes en cuenta?
  • ¿Qué observarás para saber si la decisión está funcionando?
  • ¿Qué harás si resulta que la premisa no era correcta?

Esta conversación puede contribuir más a su desarrollo que decir «te lo dije». Incluso una decisión equivocada puede servir para reflexionar, siempre que sus consecuencias no sean desproporcionadas y la persona tenga margen para responsabilizarse de ella.

No siempre hay que dejar que la persona cometa el error

Apoyar la autonomía no significa que el mentor deba guardar silencio ante cualquier riesgo. Si ves una consecuencia que la persona parece desconocer, es razonable señalarla. Lo decisivo es cómo lo haces.

En vez de «no lo hagas, va a salir mal», puedes probar con: «Hay un riesgo que quizá no estés viendo. Si eliges este camino, podría ocurrir este problema. ¿Cómo lo abordarías?»

Conviene hacer una advertencia más firme, sobre todo, cuando puede haber consecuencias graves, existen normas aplicables o la persona no cuenta con la información necesaria para tomar una decisión fundamentada. Aun así, puedes separar la advertencia sobre un hecho o un riesgo de la decisión sobre sus prioridades personales.

Deja espacio para decisiones que tú no tomarías

El mentor y la persona a la que acompaña no tienen por qué compartir valores, situación familiar, ahorros, ambiciones ni tolerancia a la incertidumbre. Por eso, para alguien puede ser sensato conservar un trabajo estable y, para otra persona, cambiar de sector, aunque ambas conozcan los mismos riesgos.

Al valorar una decisión, pregúntate: ¿es realmente poco sensata o simplemente distinta de lo que yo prefiero?

Esta distinción es especialmente importante en cuestiones como un cambio de carrera, el estilo de liderazgo, las prioridades laborales o la formación continua. En estos ámbitos, a menudo no existe una única respuesta que pueda trasladarse de una persona a otra.

Un ejemplo de conversación sobre un cambio profesional

Imagina que un colega se plantea dejar un empleo seguro para incorporarse a una empresa más pequeña, donde tendría un puesto más interesante, pero menos estabilidad. Tú, en su situación, probablemente te quedarías donde estás.

La conversación puede desarrollarse en cinco pasos:

  1. Primero, el motivo: «¿Qué echas en falta en tu trabajo actual y qué esperas conseguir con el cambio?»
  2. Después, las opciones: «¿Tienes que irte ya o podrías probar primero esta nueva dirección?»
  3. A continuación, los riesgos: «¿Qué supondría para ti que el nuevo puesto no funcionara al cabo de seis meses?»
  4. Solo entonces, tu experiencia: «En otra ocasión elegí una opción más estable porque tenía otras responsabilidades. Puedo contarte qué gané con esa decisión y a qué renuncié».
  5. La decisión sigue siendo suya: «¿Qué opción encaja mejor ahora con lo que tú quieres conseguir?»

Este enfoque permite que el mentor sea concreto y útil sin convertir automáticamente su experiencia vital en una receta para otra persona.

Si la persona no consigue decidirse, ayúdala a acotar el problema

A veces las preguntas no aclaran la situación porque la decisión es demasiado amplia o imprecisa. En ese caso, el mentor puede ayudar a dividir el problema en partes más pequeñas.

Ante un cambio profesional, por ejemplo, el primer paso no tiene por qué ser renunciar. Puede ser hablar con alguien de otro sector, realizar un proyecto breve, hacer un curso o averiguar qué requisitos concretos tiene el nuevo puesto. Así, la persona no obtiene solo otra opinión, sino también información nueva para tomar su propia decisión.

Acordad qué hará la persona entre una sesión y otra

La mentoría puede convertirse fácilmente en una serie de conversaciones agradables sin avances prácticos. Para que la sesión contribuya al desarrollo, ayuda terminarla con un siguiente paso concreto que la persona asuma como propio.

Por ejemplo, podría consistir en:

  • obtener información de alguien que conozca el ámbito en cuestión,
  • probar un nuevo enfoque en una tarea concreta,
  • preparar dos alternativas antes de la siguiente conversación,
  • pedir comentarios a sus colegas,
  • anotar qué salió bien y qué no después de tomar una decisión concreta.

La tarea no debe servir para comprobar si la persona obedece. Su propósito es generar una experiencia sobre la que puedan reflexionar en la siguiente conversación.

Regla para decidir: Una buena tarea de mentoría no dice «hazlo a mi manera», sino «consigue información o experiencia que te ayude a decidir mejor».

Observa si estás creando dependencia de tu opinión

Si la persona necesita tu aprobación antes de cada paso, puede parecer una señal de confianza. Sin embargo, a largo plazo quizá no sea el resultado deseado. Uno de los objetivos de la mentoría puede ser que gane autonomía, no que sienta cada vez más necesidad de consultar todas sus decisiones.

Una señal de alerta es que sus preguntas se conviertan repetidamente en «dime qué tengo que hacer» y le cueste proponer una opción propia. En ese caso, puedes cambiar deliberadamente la dinámica: primero pídele su propuesta, después sus motivos y, por último, añade tu perspectiva.

Un método práctico para tu próxima conversación de mentoría

La próxima vez que alguien te pida consejo, puedes repasar mentalmente estos pasos:

  1. Aclara qué necesita: ¿busca un consejo, una experiencia, comentarios o espacio para pensar?
  2. Deja que exponga primero su perspectiva: ¿qué sabe ya y entre qué opciones está decidiendo?
  3. Añade perspectivas que falten: con preguntas, compartiendo tu experiencia o señalando un riesgo.
  4. Distingue tu elección de la suya: explica por qué tú decidirías de una manera determinada, pero no la trates automáticamente como la única opción correcta.
  5. Acordad el siguiente paso: si es posible, uno que le aporte nueva información o experiencia.
  6. Deja que se responsabilice de la decisión: salvo que se trate de una situación en la que la autoridad para decidir te corresponda a ti.

La experiencia del mentor es especialmente valiosa cuando no facilita las cosas a la otra persona tomando la decisión por ella, sino ayudándola a ver más opciones, sopesar mejor las consecuencias y desarrollar poco a poco su propio criterio.

¿Cómo se refleja este tema en su vida? Elija las respuestas que mejor le describan:

Imagina que un joven compañero se acerca a ti con inseguridad en su toma de decisiones. ¿Cómo reaccionas?

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Tendrás la oportunidad de liderar un taller para jóvenes profesionales. ¿Qué sería clave para ti?

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¿Cómo apoyarías a alguien que duda de sus capacidades?

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¿Cómo describirías la relación ideal entre un mentor y un mentee?

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Un joven colega te dice que quiere cambiar de carrera. ¿Cómo reaccionas?

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¿Qué consejo le daría a alguien que tiene problemas con la autoridad de su superior?

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¿Qué enfoque elegirías para motivar al equipo a rendir mejor?

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¿Qué harías si vieras que alguien en el equipo se siente quemado?

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¿Cómo abordarías la situación si el aprendiz no respeta tus consejos?

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¿Cómo percibes tu influencia en el desarrollo de los demás?

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41 – 60 años: Mentoría y desarrollo de otros

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