Dos personas de la familia discuten y ambas acuden a usted. Una quiere que le dé la razón; la otra espera que le explique por qué la primera se comporta «así». Si goza de respeto en la familia o cuenta con muchos años de experiencia, puede encontrarse enseguida en el papel de quien debe resolver el conflicto.
Pero ayudar no significa señalar a un culpable ni decidir quién debe ceder. A menudo es más útil crear las condiciones para que las personas puedan escucharse, expresar cuál es el problema y asumir la responsabilidad de sus propias decisiones. Así puede ofrecer apoyo sin cargar con el conflicto.
Aclare primero qué esperan de usted
La frase «dime qué opinas» puede significar muchas cosas. Alguien quizá solo necesite desahogarse; otra persona puede buscar un consejo concreto, y alguien más, un aliado.
Antes de intervenir, puede hacer una pregunta breve:
- «¿Quieres que simplemente te escuche?»
- «¿Quieres conocer mi opinión o que te ayude a preparar una conversación con la otra persona?»
- «¿Esperas que me ponga de parte de alguien?»
De este modo, reduce desde el principio el riesgo de hacer algo distinto de lo que la otra persona espera.
No entre en el conflicto con una sentencia decidida
Los conflictos familiares casi siempre tienen varias versiones. Cada persona recuerda detalles distintos, interpreta los hechos de manera diferente y puede estar convencida de que su perspectiva es la única justa.
Si solo conoce una de las versiones, conviene expresarse con cautela. En lugar de decir «se portó mal contigo», puede ser más preciso decir: «Por lo que cuentas, entiendo que te enfadaras. Pero no sé cómo vivió él esa situación».
Así reconoce las emociones de la persona sin sacar una conclusión definitiva a partir de información incompleta.
Distinga entre hechos, sentimientos e interpretaciones
Cuando el conflicto está muy tenso, estas tres dimensiones se confunden con facilidad. Puede ayudar separarlas de esta manera:
| Dimensión | Ejemplo | Qué hacer |
|---|---|---|
| Hecho | No acudió a la reunión ni avisó | Comprobar las circunstancias y la secuencia de los hechos |
| Sentimiento | Me sentí excluido | Reconocerlo sin ponerlo en duda |
| Interpretación | No vino porque no le importa la familia | Comprobar si hay otras explicaciones posibles |
Esta distinción no significa que las emociones sean menos importantes. Ayuda, eso sí, a evitar que una suposición se convierta en un «hecho» que siga alimentando el conflicto.
No lleve mensajes de una persona a la otra
Una de las trampas más habituales aparece con la frase: «Dile que…». Si empieza a llevar mensajes entre dos personas, es fácil que acabe formando parte del conflicto. Cada frase puede acortarse, cambiar de tono o adquirir otro significado al transmitirse.
Si es posible y seguro, es mejor devolver la comunicación a las personas implicadas. Puede decir: «Entiendo que quieras decírselo. Pero creo que será mejor que se lo digas directamente».
Puede ayudar a encontrar las palabras, elegir el momento o preparar la conversación. No tiene que hacer de mensajero entre dos personas adultas.
Si escucha a ambas partes, establezca las mismas reglas
Si las dos personas acuden a usted, conviene dejar claro desde el principio que no trabajará en secreto para una de ellas en contra de la otra. Eso no significa que deba contar todo lo que cada persona le haya dicho. Significa que no prometerá una alianza que después le impida actuar con imparcialidad.
Puede decir: «Les escucharé a ambos, pero no quiero decidir quién tiene razón. Puedo ayudarles a identificar en qué no están llegando a entenderse».
Pregunte qué necesidad hay detrás de la disputa
Muchos conflictos parecen centrarse en un hecho concreto, pero debajo puede haber otra necesidad. Una discusión sobre las visitas quizá esconda la necesidad de sentirse tenido en cuenta. Una disputa por dinero puede tratar, en realidad, de justicia o autonomía. Un desacuerdo sobre un consejo puede tener que ver con el respeto.
Estas preguntas pueden ayudar:
- «¿Qué es lo que más te molesta de esta situación?»
- «¿Qué necesitarías que cambiara?»
- «¿Qué quieres que entienda la otra persona?»
- «¿Para ti es más importante recibir una disculpa, que cambie su comportamiento o que simplemente te escuche?»
Cuando se logra identificar la necesidad de fondo, el conflicto puede pasar de las acusaciones a una conversación más concreta.
No convierta los valores familiares en un arma
Decir «la familia debería mantenerse unida» puede tener buenas intenciones. Sin embargo, en medio de un conflicto puede sonar a presión para que alguien ceda sin que se resuelva su problema.
Del mismo modo, hablar del respeto a los mayores, del deber hacia los padres o de la gratitud puede empeorar la situación si se utiliza como argumento para poner fin a la conversación.
Los valores familiares son útiles cuando ayudan a expresar cómo queremos tratarnos incluso cuando no estamos de acuerdo. Lo son menos cuando se usan para decidir quién debe callarse o ceder.
Un ejemplo cuando hay desacuerdo sobre la decisión de un hijo adulto
Imaginemos que una hija adulta quiere hacer un cambio importante en su vida y uno de sus padres no está de acuerdo. Ambos acuden al abuelo. El progenitor quiere que «hable con ella» para hacerla cambiar de opinión. La hija quiere que se reconozca su derecho a decidir por sí misma.
En lugar de elegir un bando, el abuelo puede actuar así:
- Escucha a cada persona por separado, sin prometer que convencerá a nadie.
- Expone la diferencia: el progenitor teme las consecuencias y la hija necesita espacio para decidir sobre su propia vida.
- No determina el resultado: no dice quién tiene razón.
- Ayuda a preparar la conversación: propone que cada persona explique su preocupación y lo que necesita, sin atacar a la otra.
- Mantiene el límite: se niega a transmitir mensajes como «dile que…».
Puede que no lleguen a estar completamente de acuerdo. Y eso también es importante. Una buena conversación familiar no tiene por qué terminar con todos queriendo lo mismo. Puede terminar con una mejor comprensión de sus diferencias y de aquello que están dispuestos a respetar.
Cuando siente la tentación de demostrar a los jóvenes que tiene razón
La experiencia puede ser una gran ventaja en la familia, pero también convertirse en un obstáculo si se usa como argumento automático. Decir «yo he vivido más» puede ser cierto, pero eso no significa por sí solo que la situación actual sea igual.
Si una persona más joven cuestiona su opinión, en lugar de defender su autoridad, explique qué experiencia le llevó a pensar así. Después, pregúntele qué hay de distinto en su situación.
Así no pierde el respeto de los demás. Al contrario, explica mejor el valor de su experiencia y deja que la otra persona decida dentro de su propio contexto.
No todos los conflictos tienen que resolverse de inmediato
Cuando las personas están muy enfadadas, hablar en ese momento puede convertirse en otra ronda de discusión, en vez de acercarlas a una solución. A veces es más útil proponer una pausa que intentar llegar a un acuerdo enseguida.
Sin embargo, la pausa no debe utilizarse como castigo ni como forma de esconder el problema para siempre. Puede proponer: «Hoy parece que no estamos avanzando. ¿Qué les parece si retoman el tema mañana, cuando estén más tranquilos?»
Si el problema implica daño persistente, intimidación o riesgos para la seguridad, la mediación familiar habitual puede no ser adecuada. En ese caso, lo más importante es proteger la seguridad y buscar ayuda profesional o de otra persona competente.
Perdonar y reconciliarse no tienen que ocurrir al mismo tiempo
En las familias suele aparecer la presión de que las personas «hagan las paces de una vez». Sin embargo, perdonar, recuperar la confianza y volver a tener una relación cercana no son lo mismo.
Alguien puede dejar de alimentar el conflicto, pero todavía no querer recuperar la cercanía. Otra persona puede estar dispuesta a hablar, pero necesitar nuevos límites. Presionar para que se reconcilien rápido puede hacer que solo se oculte la causa del conflicto.
Si está apoyando a su familia, en lugar de preguntar «¿cuándo van a hacer las paces?», puede preguntar: «¿Qué tendría que cambiar para que pudieran hablar con tranquilidad?».
Después de la conversación, vuelva a ocupar su lugar
Si ha ayudado en un conflicto, puede que durante semanas esté pendiente de si las personas cumplen lo acordado. Sin embargo, el apoyo puede convertirse fácilmente en vigilancia.
Después de una conversación conjunta, conviene dejar claro que los siguientes pasos les corresponden a ellos. Puede estar disponible si necesitan volver a hablar, pero no tiene que supervisar el resultado.
Así protege tanto su bienestar como las relaciones familiares. El respeto en la familia también crece cuando nos permitimos asumir las consecuencias de nuestras propias decisiones.
Una guía breve para la próxima vez que le involucren en una disputa
Si alguien de su familia acude a usted con un conflicto, puede seguir estos siete pasos:
- Averigüe qué espera de usted: que le escuche, le aconseje o medie.
- No señale a un culpable basándose en una sola versión de los hechos.
- Separe los hechos, los sentimientos y las interpretaciones.
- No lleve mensajes de una parte a la otra si pueden hablar directamente.
- Pregunte qué necesidad hay detrás del conflicto, no solo por la última discusión.
- Favorezca una conversación directa o una pausa adecuada.
- Después de hablar, devuelva la responsabilidad a las personas implicadas.
Su experiencia de vida puede ser de gran ayuda para su familia. Pero su mayor valor quizá no esté en conocer la respuesta correcta. A veces es más valioso crear un espacio en el que las personas puedan escucharse sin presiones y decidir por sí mismas, sin que usted tenga que decidir por ellas.