En una actividad en grupo, un niño puede tomar la palabra de inmediato, otro empezar a organizar los materiales y un tercero esperar a que los demás le indiquen qué hacer. Si estas funciones se repiten siempre igual, es fácil que el niño piense que el «líder» es quien decide y que los demás solo deben seguirlo. Es más útil mostrarle que un buen equipo necesita distintos roles y que estos pueden cambiar según la situación.
Entre los 10 y los 12 años, los niños ya pueden tener en cuenta no solo su propia tarea, sino también lo que necesita el grupo. En una actividad puede ser importante decidir rápido; en otra, escuchar ideas; en una tercera, animar a un equipo cansado; y en una cuarta, completar con responsabilidad la parte asignada. El objetivo no es convertir a todos en «líderes», sino enseñarles a reconocer cómo pueden ayudar más al equipo en cada momento.
El rol en el equipo no es una etiqueta
Que un niño haya organizado bien al grupo una vez no significa que deba encargarse de organizarlo en cada actividad. Del mismo modo, un niño más callado no tiene por qué quedarse siempre en el papel de observador.
Conviene entender los roles como maneras temporales de contribuir. A veces el equipo necesita a alguien que marque el rumbo. En otras ocasiones, necesita a quien conecte opiniones diferentes, se dé cuenta de que alguien está quedando al margen o termine las tareas pendientes.
Primero, pregúntense qué necesita el equipo
Antes de repartir las tareas, puede ser útil hacer una pregunta breve: «¿Cuál es ahora el mayor problema del equipo?». La respuesta puede variar: quizá el grupo no sabe por dónde empezar, tiene demasiadas ideas, va con retraso, alguien no participa o ha surgido un desacuerdo.
Después pueden decidir quién hará cada cosa. Así, los niños aprenden que los roles no se asignan solo por popularidad ni a quien habla más alto.
| Situación del equipo | Forma útil de contribuir |
|---|---|
| El grupo no sabe por dónde empezar | Proponer el primer paso y ayudar a elaborar un plan |
| Cada persona defiende una idea distinta | Dar espacio a los argumentos y buscar puntos en común |
| Queda poco tiempo | Establecer prioridades y repartir tareas concretas |
| Alguien se queda al margen | Incorporarlo con una pregunta o una tarea adecuada |
| El equipo pierde energía | Averiguar por qué y proponer una pausa, cambiar el ritmo o animar al grupo |
Repartan las tareas teniendo en cuenta las capacidades y la carga
La regla sencilla de «que lo haga quien mejor sabe hacerlo» puede funcionar a corto plazo, pero repetirla tiene un inconveniente: la persona más capaz puede acabar asumiendo cada vez más trabajo, mientras los demás tienen menos oportunidades de probar.
Al repartir las tareas, tengan en cuenta dos aspectos: quién cuenta con las habilidades adecuadas y si la carga está distribuida de manera razonable. Por ejemplo, si una persona se encarga de la parte que requiere más esfuerzo físico, los demás pueden asumir otras responsabilidades. Si alguien presenta bien, no tiene por qué hablar por el grupo en todos los proyectos.
Estas preguntas pueden ayudar:
- ¿Quién tiene experiencia con esta tarea?
- ¿Quién necesita practicarla?
- ¿Quién ya tiene mucho trabajo?
- ¿Se puede dividir la tarea difícil o turnarse para hacerla?
Así, el equipo aprende a aprovechar sus fortalezas sin convertirlas en una obligación de hacer siempre lo mismo.
Puede liderar por un tiempo quien tenga una visión más clara
En algunas situaciones, el equipo necesita decidir con rapidez. Sin embargo, eso no significa que deba haber un líder permanente. Puede asumir el liderazgo durante una parte de la actividad quien tenga más experiencia o una visión más clara de lo que hay que hacer.
En una tarea de lógica, puede guiar el proceso el niño que sabe ordenar bien las opciones. En una construcción, puede coordinar quien entiende mejor la estructura. Durante una presentación, el liderazgo puede pasar a quien controle el tiempo y el orden de las intervenciones.
Escuchar también es un rol activo en el equipo
Un niño puede pensar que solo contribuye si aporta una idea propia. Sin embargo, también puede ser importante quien ayuda a los demás a explicar su punto de vista y detecta en qué coinciden sus propuestas.
Este rol no consiste en guardar silencio de manera pasiva. Escuchar activamente puede significar:
- resumir con sus propias palabras dos propuestas diferentes;
- preguntar en qué se parecen las ideas;
- comprobar si todos han tenido la oportunidad de expresar su opinión;
- señalar una cuestión que el equipo todavía no ha resuelto.
Así, el niño puede comprobar que influir en el equipo no depende únicamente de defender la propia opción en voz alta.
Quien apoya al grupo no tiene que limitarse a animar
Cuando el equipo pierde energía, la reacción automática suele ser animarlo. Pero a veces el problema no es la falta de motivación, sino el cansancio, una tarea poco clara o la sensación de que el trabajo no termina nunca.
Por eso, apoyar empieza con una pregunta: «¿Qué es lo que más nos impide continuar ahora?» La respuesta puede llevar a hacer una pausa breve, simplificar la tarea, redistribuir el trabajo o aclarar el siguiente paso.
Así, el niño aprende que ayudar al equipo no significa exigir que los demás se sientan entusiasmados. Es más útil detectar la causa del problema y responder a ella.
Ante un conflicto, el niño no tiene que hacer de árbitro automáticamente
Cuando dos integrantes discuten, un tercero puede sentir que debe decidir enseguida quién tiene razón. Pero no siempre es necesario. A veces basta con dar espacio para que ambas partes expliquen brevemente su punto de vista y volver a centrarse en lo que necesita resolver el equipo.
Un procedimiento práctico puede tener cuatro pasos:
- Detener los ataques personales: centrar la conversación en el problema.
- Escuchar a ambas partes: sin decidir de inmediato quién gana.
- Recordar el objetivo común: qué necesita terminar todavía el equipo.
- Elegir el siguiente paso: llegar a un acuerdo, probar una opción o hacer una pausa breve.
Si el conflicto va más allá de un desacuerdo habitual, se prolonga o se convierte en humillación o presión, es adecuado pedir ayuda a un adulto.
Observar solo es útil si se puede intervenir
Algunos niños prefieren observar lo que ocurre y analizarlo. También puede ser un rol valioso. El problema aparece cuando observar se convierte en una manera de evitar la responsabilidad.
Un observador puede aportar al equipo si detecta un problema que se repite, controla el tiempo, comprueba que no se haya olvidado una parte de la tarea o advierte que alguien no está participando.
Una buena observación debe conducir a una información útil o a una intervención. Si el niño se limita a esperar a que los demás decidan, todavía no está desempeñando plenamente un rol en el equipo.
Después de un fracaso, analicen cómo funcionó el equipo, no quién tuvo la culpa
Después de perder un juego o de que un proyecto salga mal, es fácil buscar a la persona que cometió un error. Para aprender, es más útil revisar el proceso completo.
El grupo puede hacerse cuatro preguntas:
- ¿Qué funcionó bien?
- ¿En qué momento perdimos tiempo o información?
- ¿Repartimos los roles de manera razonable?
- ¿Qué rol o responsabilidad cambiaríamos la próxima vez?
Esta reflexión ayuda a los niños a entender que un fracaso no significa necesariamente que alguien sea «mal compañero de equipo». A veces el problema estuvo en la distribución del trabajo, la comunicación o el momento elegido.
Se puede practicar el cambio de roles en una sola actividad
No hace falta preparar un programa complejo. Basta con una actividad en grupo en la que los roles se cambien de forma deliberada.
Por ejemplo, al construir una torre o resolver un acertijo, pueden dividir el trabajo en tres etapas breves. En cada etapa, un niño coordina, otro controla el tiempo y otro comprueba que todas las propuestas tengan espacio. Después, cambian los roles.
Al terminar, no pregunten solo quién fue el mejor líder. Pueden resultar más útiles estas preguntas:
- ¿En qué rol te resultó más fácil trabajar?
- ¿Cuál te costó más?
- ¿Cuándo necesitó el equipo más decisión y cuándo más escucha?
- ¿Qué cambio de roles mejoró el resultado?
El adulto no debería asignar roles según la personalidad del niño
Si un adulto repite frases como «tú eres comunicativo, así que harás la presentación» o «tú eres tranquilo, así que tomarás notas», puede reforzar sin querer el mismo reparto una y otra vez.
Es mejor partir de las necesidades de la actividad y, al mismo tiempo, dejar espacio para probar cosas distintas. Un niño que suele organizar puede asumir una vez el papel de quien escucha. Uno que suele ser callado puede guiar una parte breve que conoce bien.
No todos los niños tienen que desempeñar igual de bien todos los roles. La idea es ampliar el repertorio de maneras de actuar, no borrar las diferencias naturales entre los niños.
Un método sencillo antes de cada actividad en equipo
Antes de un proyecto, un juego o una actividad para resolver un problema en grupo, pueden seguir esta pauta breve, que solo lleva unos minutos:
- Definan el objetivo: qué quiere conseguir el equipo al final.
- Identifiquen las necesidades: cuál será probablemente la parte más difícil.
- Repartan los primeros roles: teniendo en cuenta las capacidades, la carga de trabajo y las ganas de probar.
- Acuerden cuándo revisar el reparto: decidan en qué momento comprobarán si funciona.
- Cambien los roles si hace falta: sin presentar el cambio como un castigo o un fracaso.
- Evalúen la colaboración al final: qué ayudó al equipo, no solo quién tuvo el mejor desempeño individual.
Así, poco a poco, el niño aprende que trabajar en equipo no es competir por el puesto de líder. Consiste en tener presente un objetivo común, adaptar el propio rol a la situación y saber cuándo liderar, escuchar, apoyar o completar la propia parte con responsabilidad.