Un niño recibe una tarea, piensa un momento y dice que es demasiado difícil. El adulto puede reaccionar de dos maneras rápidas: explicarle la solución o insistir en que continúe por su cuenta. Pero ninguna es siempre la adecuada. Si la tarea supera sus posibilidades actuales, insistir no bastará. En cambio, si puede resolverla, ayudar demasiado pronto puede privarlo de la experiencia de analizar el problema y avanzar con su propio esfuerzo.
Por eso, el objetivo al aprender no es eliminar todas las dificultades. Es más útil encontrar un nivel de dificultad que permita al niño probar, equivocarse y recurrir a sus propias ideas. En ese punto pueden desarrollarse la curiosidad, la perseverancia, el pensamiento analítico y la capacidad de pedir ayuda de forma adecuada.
Una tarea demasiado fácil no se parece a una demasiado difícil
No todos los «no quiero» significan lo mismo. A veces el niño se aburre porque la tarea apenas exige pensar. Otras veces la evita porque no sabe por dónde empezar. El comportamiento de los primeros minutos puede dar algunas pistas.
| Qué observa | Cuál podría ser el problema | Qué puede probar |
|---|---|---|
| El niño responde de inmediato y sin pensar | La tarea podría ser demasiado fácil | Pedirle que explique, compare o resuelva un segundo paso |
| Prueba varias opciones y se corrige | La dificultad podría ser adecuada | Dejar que continúe sin apresurarse a ayudar |
| No logra dar el primer paso durante un buen rato | Puede faltarle un conocimiento básico o no haber entendido la consigna | Comprobar si comprende la tarea y el procedimiento necesario |
| Repite una y otra vez el mismo método que no funciona | Necesita una nueva pista o un estímulo distinto | Hacerle una pregunta que dirija su atención |
| Abandona la tarea después de un solo error | También podría influir su reacción ante el fracaso | Separar el error de cualquier valoración sobre sus capacidades |
Esta tabla no sirve para diagnosticar. Es una guía para decidir si conviene cambiar la tarea, el nivel de apoyo o la manera de hablar sobre el problema.
Compruebe primero si entiende la consigna
A menudo los adultos dan por hecho que, si el niño ya ha visto una tarea parecida, sabe automáticamente qué hacer. Sin embargo, quizá no entienda una palabra, no sepa qué resultado se espera o interprete mal una condición. Entonces puede parecer distraído o poco perseverante, aunque en realidad esté trabajando a partir de una consigna mal entendida.
Antes de explicarle la solución, pruebe con estas tres preguntas:
- ¿Cuál debería ser el resultado? El niño explica con sus propias palabras qué tendría que obtener al final.
- ¿Qué sabes ya sobre esta tarea? Así podrá ver si cuenta con una base sobre la que avanzar.
- ¿Qué es lo primero que podrías probar? Esto permite comprobar si sabe pasar de la consigna a la acción.
Si no puede responder a ninguna, quizá no tenga sentido pedirle que se esfuerce más. Primero necesita entender la tarea o recuperar los conocimientos básicos necesarios.
Adapte la ayuda al punto en el que se ha detenido el aprendizaje
Cuando el niño encuentra un obstáculo, solo hay dos opciones: no ayudar o darle toda la solución. Entre ambas existen distintos niveles de apoyo. El objetivo es ofrecer la menor ayuda posible que le permita continuar por sí mismo.
- Tiempo para pensar: a veces basta con no interrumpir el silencio demasiado pronto.
- Una pregunta: «¿Qué has probado ya?» o «¿Qué parte te resulta clara?»
- Dirigir su atención: señale un dato, una regla o una parte de la consigna que quizá haya pasado por alto.
- Una pista pequeña: ofrezca el primer paso, no la solución completa.
- Un ejemplo parecido: explique el procedimiento con otro caso y deje que el niño resuelva la tarea original.
- Una explicación directa: recurra a ella cuando esté claro que le falta un conocimiento necesario.
Si después de una pista pequeña el niño vuelve a avanzar por su cuenta, probablemente la ayuda ha sido adecuada. Si necesita orientación en cada paso, la tarea podría seguir estando demasiado lejos de lo que puede hacer en este momento.
Divida una tarea grande sin resolverla por el niño
Algunas tareas no son difíciles por cada uno de sus pasos, sino porque hay demasiados a la vez. Un proyecto, una redacción o un ejercicio complejo pueden parecer un único problema enorme. El niño no sabe por dónde empezar, aunque sería capaz de realizar por su cuenta la mayoría de las partes.
En ese caso, puede ayudar dividir la tarea según las decisiones que haya que tomar. Por ejemplo, en vez de decir «haz un proyecto sobre el agua», el proceso podría ser este:
- elige una pregunta concreta,
- anota lo que ya sabes sobre ella,
- averigua qué información te falta,
- elige cómo presentarás el resultado,
- al final, comprueba si el proyecto responde a la pregunta inicial.
Es importante que la división no convierta la tarea en una serie de instrucciones que el niño solo tenga que ejecutar. Déjele decidir siempre que sea posible. Tomar decisiones favorece precisamente la autonomía y el pensamiento analítico.
Permita que pruebe una solución distinta a la que usted elegiría
Al enseñar, puede resultar tentador orientar al niño hacia el método más rápido o más ordenado. Pero hacerlo puede restarle espacio para explorar. Si el procedimiento es seguro y permite aprender algo, no pasa nada porque no sea el más eficaz.
Cuando el niño proponga su propia manera de resolverlo, puede preguntarle:
- ¿Qué esperas que ocurra?
- ¿Cómo sabrás si tu método funciona?
- ¿Qué harás si el resultado no encaja?
Así aprende algo más que a encontrar la respuesta correcta. Practica cómo formular una hipótesis, comprobarla y cambiar de estrategia según el resultado. Son habilidades útiles también fuera de la escuela.
El error debe ser información, no una señal para intervenir de inmediato
Si el adulto corrige cada error en cuanto aparece, el niño tiene pocas oportunidades de detectarlo por sí mismo. Pero dejarlo mucho tiempo en un callejón sin salida tampoco suele ser útil. Lo importante es elegir cuándo intervenir y cómo hacerlo.
Después de un error, puede empezar preguntando: «¿El resultado coincide con lo que esperabas?» En matemáticas, se puede comprobar si el resultado es razonable; en un texto, si la frase tiene sentido; y en un proyecto, si está relacionado con el objetivo inicial. Así, el niño no se limita a buscar la respuesta correcta: aprende a revisar su propio proceso.
Si no consigue encontrar el error, ayúdele a acotar dónde buscar. En lugar de decir «está mal», puede ser más útil indicarle «vuelve al paso en el que cambiaste las unidades» o «comprueba si esta frase responde a la pregunta».
Cuidado con aumentar la dificultad automáticamente
Cuando un niño resuelve algo rápido, el adulto puede sentir la tentación de añadir enseguida otra tarea. Pero no siempre es lo más adecuado. A veces necesita consolidar primero una habilidad nueva; en otras ocasiones, conviene cambiar el tipo de pensamiento que se requiere en vez de aumentar la cantidad de trabajo.
Hay varias maneras de elevar la dificultad:
- Profundidad: pedirle que explique por qué funciona la solución.
- Comparación: buscar dos métodos distintos y compararlos.
- Transferencia: aplicar el mismo principio a una situación nueva.
- Creatividad: proponer un ejemplo, una pregunta o una solución propios.
- Colaboración: explicar el procedimiento a un compañero o trabajar en equipo.
Así, aprender no tiene por qué convertirse en una sucesión interminable de fichas. Una misma tarea puede ganar dificultad si exige una explicación mejor o una perspectiva nueva.
Cuándo conviene simplificar la tarea
Simplificar no es fracasar. Tiene sentido cuando el niño carece de una base necesaria o cuando la tarea reúne demasiados pasos nuevos a la vez. Puede reducir el número de variables, ofrecer un ejemplo más concreto o volver a trabajar una habilidad específica.
Lo útil es simplificar el obstáculo, no el objetivo de aprendizaje. Si el niño debe comprender el principio de la división, puede empezar con números más pequeños. Si debe aprender a argumentar, puede trabajar primero con un tema que conozca bien. Cuando haya consolidado la base, será posible aumentar de nuevo la dificultad.
Sin embargo, si la tarea se simplifica cada vez que el niño muestra la primera señal de descontento, podría llegar a esperar que cualquier incomodidad signifique dejar de esforzarse. Por eso es importante distinguir entre una barrera real y la frustración habitual que puede aparecer al aprender.
Cómo distinguir la frustración de una habilidad que aún falta
Cuando se trata de una frustración habitual, el niño suele poder explicar qué está haciendo, tiene algunas ideas y, después de un breve estímulo o una pausa, puede continuar. Si le falta una habilidad, no sabe sobre qué apoyarse y sus intentos tienden a ser aleatorios.
Fíjese en tres aspectos:
- ¿Puede explicar lo que está intentando? Si puede, probablemente esté pensando en el problema.
- ¿Cambia de método según el resultado? Si repite siempre lo mismo, quizá necesite una pista nueva.
- ¿Le sirve una pista pequeña? Si aun así no puede continuar, tal vez le falte un conocimiento básico.
Estas señales son más útiles que calificar al niño de «perezoso» o «poco motivado». Esas etiquetas no indican qué habría que cambiar en el proceso de aprendizaje.
La retroalimentación debe centrarse en lo que hizo el niño
Si quiere fomentar la perseverancia, decir simplemente «eres muy listo» aporta poca información. Una respuesta más concreta puede mostrar al niño qué comportamiento le ayudó.
Por ejemplo:
- «Me he fijado en que probaste otro método después del primer intento fallido».
- «Primero comprobaste la consigna y después empezaste a calcular».
- «Cuando no supiste cómo continuar, hiciste una pregunta concreta».
- «Comparaste dos opciones en lugar de adivinar».
Este tipo de comentarios no significa elogiar cualquier esfuerzo, sea cual sea el resultado. Si el método no funcionó, también se puede señalar. Lo importante es diferenciar la valoración de una estrategia concreta de la valoración del niño como persona.
Una regla sencilla para la próxima tarea
No hace falta calcular de antemano cuál es el nivel de dificultad perfecto. Basta con observar qué ocurre mientras el niño trabaja y ajustar el apoyo según sea necesario.
- Deje que empiece por su cuenta.
- Compruebe si entiende el objetivo y la consigna.
- Espere para ver si prueba más de un método.
- Si se atasca, ofrezca la pista mínima que necesite.
- Si sigue sin poder avanzar, vuelva a la base que le falta.
- Si la tarea es demasiado fácil, no añada solo más cantidad: exija mayor profundidad o más decisiones propias.
La dificultad adecuada no es una característica fija de la tarea. Depende de lo que el niño ya sabe, del apoyo que necesita y de si puede aprender de sus propios intentos. Cuando la tarea le exige pensar, pero todavía le permite encontrar un paso siguiente, la motivación no tiene por qué depender de premios ni de estímulos constantes.