Las vacaciones no tienen por qué consistir en estudiar con los libros. Los juegos y las actividades cotidianas pueden ofrecer a los niños nuevas experiencias y, al mismo tiempo, dejarles espacio para descansar.
Resulta curioso que a veces los niños desarrollen habilidades importantes precisamente cuando no están intentando aprender nada. Al inventar las reglas de un juego, practican la planificación; al cocinar, siguen una serie de pasos, y durante una excursión aprenden a adaptarse a los imprevistos. Eso no significa que cada momento tenga que tener un objetivo educativo. El tiempo libre tiene valor por sí mismo: se pueden adquirir experiencias útiles mientras se disfruta, sin fichas ni exámenes.
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