En los momentos sin actividades programadas, el niño puede descubrir qué le interesa, qué le molesta y cómo reacciona cuando no tiene entretenimiento inmediato.
Cuando un niño se aburre, al principio puede mostrar impaciencia o inseguridad. Si el adulto le ofrece enseguida una solución ya preparada, queda menos espacio para descubrir qué le gustaría hacer por sí mismo. Los padres pueden probar a hacerle una pregunta, esperar su respuesta y observar cuándo busca compañía y cuándo se pone a desarrollar una idea propia. Así, incluso una pausa corriente puede ser una oportunidad para comprender mejor sus intereses y reacciones.
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