Los momentos compartidos del verano, sin un programa fijo, enseñan a los niños a ponerse de acuerdo, repartirse las tareas y encontrar sus propias maneras de aprovechar el tiempo libre.
Cuando hermanos o amigos pasan tiempo juntos, puede que no a todos les guste la misma idea de juego. En esos momentos pueden proponer soluciones, turnarse para decidir y ponerse de acuerdo sobre qué hacer. Los adultos no tienen que organizar cada actividad compartida: pueden establecer unos límites de seguridad y dejar que los niños colaboren. Así, el tiempo libre puede ofrecerles no solo la oportunidad de jugar, sino también de aprender a responsabilizarse de los demás.
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