El rechazo en la familia puede reabrir viejas heridas y despertar dudas sobre nuestro propio valor. Este texto explica cómo poner nombre a lo que sentimos y responder de forma responsable.
Una respuesta negativa suele provocar una reacción más intensa de lo que cabría esperar. En lugar de juzgarnos enseguida o juzgar a la otra persona, podemos detenernos y explorar qué nos ha afectado exactamente: el miedo a perder cercanía, una expectativa incumplida o la necesidad de establecer límites más claros. Esta autoobservación no significa que tengamos que aceptar cualquier rechazo. Sin embargo, nos ayuda a distinguir nuestros sentimientos del comportamiento de la otra persona y a elegir una respuesta de la que podamos responsabilizarnos.
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