Primero escucha, después explica

Puede que tu hijo no necesite una solución de inmediato

Imagina que tu hijo llega a casa y dice: «Nadie me quiere». Lo más natural quizá sea tranquilizarle enseguida: «Eso no es verdad». Puede que tengas razón, pero con esa respuesta quizá no sepa que has entendido lo que ha vivido.

Prueba a seguir estos tres pasos. Primero, pon en palabras lo que percibes: «Parece que hoy algo te ha hecho daño». Después, pregunta por una situación concreta: «¿Qué ha pasado?». Cuando conozcas mejor el contexto, averigua qué necesita: «¿Quieres contármelo sin más o pensamos juntos qué hacer?».

Escuchar no significa estar de acuerdo con todo. Si tu hijo ha insultado a alguien, puedes reconocer su decepción y, a la vez, dejar claro que su conducta no es aceptable. Por ejemplo: «Entiendo que estuvieras enfadado. Pero insultar no está bien».

En un momento difícil, presta atención también a tu propio ritmo. Un sermón largo suele cerrar la conversación antes de que llegues a saber lo importante. Una pregunta tranquila puede aportar más que cinco consejos bienintencionados.

No intentes a toda costa cambiar el estado de ánimo de tu hijo. Escucharle ya puede ser una primera forma de apoyo.

Pruébalo: La próxima vez que tu hijo se queje, resume primero en una frase cómo se siente. Después, hazle una pregunta abierta. Deja los consejos para cuando sepas qué está pasando realmente.

Tu hijo dice: «El colegio ha sido horrible». ¿Qué es lo más adecuado para empezar?

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