Preguntas que despiertan la curiosidad

No tienes que ser una enciclopedia andante

Tu hijo te pregunta: «¿Por qué algunas cosas se hunden y otras flotan?». Puedes darle una explicación ya hecha. A veces es útil, pero, si la pregunta es cotidiana y no plantea riesgos, puedes invitarle primero a investigar: «¿Tú qué crees? ¿Cómo podríamos comprobarlo?».

Las preguntas abiertas ayudan a tu hijo a pensar. Prueba con: «¿Qué te ha sorprendido?», «¿Qué pasaría si cambiáramos una cosa?» o «¿Cómo podríamos averiguar qué opción funciona?». No se trata de ponerle a prueba para ver si da la respuesta correcta, sino de buscar juntos y animarle a proponer una hipótesis.

Si no sabes la respuesta, admítelo con naturalidad: «No lo sé exactamente. Vamos a buscar una explicación fiable». Así, tu hijo ve que no saber algo no da vergüenza y que se pueden comprobar las afirmaciones. También le enseñas que un adulto no tiene que fingir que lo sabe todo.

Cuidado con hacer preguntas sin parar. Si tu hijo está cansado o necesita una respuesta directa, una serie de preguntas puede parecer un interrogatorio. A veces basta con una explicación sencilla; otras, podéis hacer juntos una prueba con objetos seguros.

Si hacéis una prueba sencilla, podéis anotar la predicción y el resultado. Al día siguiente, volved a ello y comparadlo con lo que pensabais.

Pruébalo: Elige una pequeña pregunta cotidiana. Pide a tu hijo que proponga dos explicaciones posibles. Pensad juntos qué os permitiría distinguirlas. Valora cómo ha razonado, aunque su primera predicción no se cumpla.

Tu hijo te pregunta por algo que no sabes explicar. ¿Qué respuesta fomenta mejor su curiosidad y tu credibilidad?

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